Esclavitud a puerta cerrada: «Allí iban depravados»

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Son las tres de la mañana. No para de dar vueltas en la cama pensando en estos meses y en la última vez que salió sola a la calle. Que una cosa es elegir ser puta y otra, apuntarse a ser esclava. Suena el timbre. Hay que levantarse rápido, coger las dos o tres piezas de lencería que aún no estén ajadas y los tacones de siempre, los altos. Sus compañeras han saltado ya de las literas. No puede retrasarse. Desde el otro lado de la habitación una de las chicas ha encendido la luz mientras se quita el pijama en silencio. El resto la sigue. Es la señal, hay un cliente esperando. Una «mami»–aunque ellas no la llaman así ni mucho menos– empieza a meterles prisa. Siempre el mismo ritual. Cuando suena el timbre, toca el pase. Un siniestro desfile de mujeres en fila, sonrisa impostada, equilibrio a la fuerza. «Semidesnudas, como en un mercado de ganado», dirá una fuente policial. Se miran y se entienden. No saben cuál será la siguiente. El señor de turno acaba eligiendo. Las demás, entre el alivio y la presión de no sacar el dinero que tarde o temprano la «mami» les acabará exigiendo, vuelven al pijama, al zulo de las literas. Un día tras otro. Durante meses.

Es la historia de las 19 mujeres que la policía liberó el pasado mes de junio de las garras de una organización dedicada a la explotación sexual en Murcia. Para cuando llegaron los agentes, otras cuatro chicas más habían conseguido escapar. «Había una trastienda de dos habitaciones con literas y un baño donde estaban todas hacinadas. Asqueroso. Horrible», relatan fuentes de la investigación a ABC. Contrastaba con el lujo de las estancias para clientes. Algunas chicas estaban en situación de «esclavitud».

La Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales de la Policía (UCRIF)– al frente del operativo–detuvo a 22 personas de distintas nacionalidades. Se conoce como la operación Vigón y se considera una de las mayores actuaciones en la lucha contra la trata de seres humanos en nuestro país.

«Estaban obligadas a realizar todo tipo de prácticas sexuales»

Las 24 horas del día, durante los siete días de la semana; bajo amenazas, a veces sin dormir, con la regla, fiebre o indispuestas, las chicas «estaban obligadas a realizar todo tipo de prácticas sexuales», explica a ABC uno de los responsables de la investigación. «Allí iban depravados». Y ni con esas las víctimas tenían derecho a rechazar a ningún cliente. El desprecio se pagaba caro. Igual que la impuntualidad. Y así, como en otras redes, la rueda de la deuda que las chicas contraían y pagaban ejerciendo la prostitución, se hacía interminable. Los clientes pagaban 100 euros la hora; 50, media. Pero ellas no veían un céntimo. Había impuesto un sistema de normas y penalización que hacía imposible devolver el dinero del billete de avión que las trajo desde sus países de origen–la mayoría de América Latina–hasta España, o el trozo de pan (a precio de ternera) que se llevaban a la boca.

Sí había una diferencia respecto a otras redes: Ellas sí sabían a lo que venían. Lo que no sabían era en qué condiciones. Abrazaron la prostitución como la única oportunidad de escapar de situaciones miserables. En ocasiones, incluso, de maltrato; y en otras, creyendo que así podrían ofrecer a sus hijos–a los que dejaban a miles de kilómetros–la esperanza de un futuro que la verdad de su presente les había arrebatado. «La presión era enorme y la organización se lo había vendido muy bien». Nada más lejos de la realidad. En cuanto pisaban territorio español eran trasladadas al piso-prostíbulo del que no volverían a salir solas a la calle y nunca más de media hora al día. Allí, incomunicadas y bajo una violencia psicológica extrema, semana tras semana, se sometían a la voluntad de los varones. Para cuando querían escapar no podían. Estaban en un país que no conocen, sin dinero, sin papeles y les habían quitado el pasaporte.

Las chicas tenían que hacer un pase «como en un mercado de ganado» para que los clientes eligieran con cuál quedarse

Las ‘mamis’ y los ‘taxistas’

Un modelo de negocio ‘redondo’, pensaría la líder de la organización, la «madame», una mujer de 51 años y nacionalidad brasileña quien, satisfecha con el rendimiento económico de las chicas a costa de su explotación sexual, estaba en «maniobras de expansión». En los últimos tiempos, además de recibir clientes en una casa en Alcantarilla, un municipio de Murcia, había habilitado otro piso en la capital de la Región. Allí, se lucraba de sus víctimas y había montado un punto de venta habitual de droga. En los registros la UCRIF, con la ayuda de guías caninos, encontró cocaína, tusi, marihuana y viagras. Tenía un «negocio enorme» con la venta de fármacos para aumentar la actividad sexual.

«Era una organización perfectamente estructurada en tres niveles», explican las fuentes consultadas. Cada integrante de la red tenía su papel en la cadena de captación, transporte, explotación y vigilancia de las chicas. A las órdenes de la «madame», había siete «mamis», que eran sus ojos en las viviendas, las personas que ejecutaban sin rechistar los castigos a imponer. Por turnos, estas mujeres se encargaban de la explotación diaria de las víctimas. En el tercer nivel de la estructura, estaban los denominados «taxistas» – los hombres de confianza de la «madame»– quienes captaban, convencían y engañaban a las jóvenes para venir a España a abrir las piernas bajo la promesa de una vida mejor. A veces, basta con la foto de aquella chica de pueblo que posa enjoyada en el centro de Madrid como una triunfadora.

Fotografías de la operación Vigón, llevada a cabo en Murcia entre los meses de mayo y junio en la que 22 personas fueron detenidas ABC

A punta de pistola

Estas mujeres vivieron así durante meses–encerradas en casas de barrios comunes–bajo la despistada o ciega mirada de los vecinos. Resulta difícil imaginar que el de la puerta de al lado no intuyera que algo pasaba cuando hace unos meses unos clientes de entre 18 y 25 años asaltaron la casa-prostíbulo con un arma de fuego. Tenían prohibida la entrada. Sacaron una pistola y trataron de tirar abajo la puerta pegando un tiro a la cerradura. El suceso copó los periódicos locales. Pero no fue hasta meses después cuando, una denuncia anónima, a través del teléfono de la Policía contra la trata de seres humanos, alertó de que había una joven en un piso de Alcantarilla (Murcia) ejerciendo la prostitución en contra de su voluntad. Se cree que pudo ser un cliente quien dio la voz de alarma.

Gracias a la intervención de la UCRIF, ahora las 19 chicas son testigos protegidos a las que se les ha regularizado su situación como colaboradoras de la Justicia, pues han sido capaces de poner nombre y rostro a los integrantes de esta presunta organización criminal. Muchas de ellas han tenido la posibilidad de recibir asistencia y ayuda de la Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida (APRAMP), cuya labor resulta fundamental en estos casos. Ofrecen alojamiento, apoyo psicológico y seguridad a las víctimas de trata y explotación sexual.

En lo que respecta a los 22 detenidos, doce pasaron a disposición judicial. Se acogieron a su derecho a no declarar. El Juzgado de Instrucción número 6 de Murcia acordó el ingreso en prisión provisional para siete de ellos: La «madame», cuatro «mamis» y dos «taxistas» a los que se les atribuyen delitos de trata de seres humanos con fines de explotación sexual, relativos a la prostitución, tráfico de drogas y blanqueo de capitales. Entretanto la investigación continúa, ahora centrada–según las fuentes consultadas–en seguir el rastro del dinero que la red obtuvo en España de manera ilícita.

Ha sido un «éxito policial», asegura uno de los responsables de la operación. Y es que diecinueve esclavas sexuales obligadas a ejercer la prostitución en nuestro país han dejado de serlo. Ya no tienen que volver al zulo de las literas, ni al pase, «como en un mercado de ganado». Han recuperado su pasaporte, su libertad y pueden salir a la calle solas, más de media hora al día.

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