Evenepoel es el patrón de la Vuelta

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España guarda tesoros para el ciclismo y la Vuelta los descubre cada año. Nada engancha más que un puerto nuevo, una lengua de asfalto rugosa, una carretera estrecha y un plano de televisión que enseñe una pared vertical. El condimento de la emoción, la esencia del deporte. En las entrañas verdes de Asturias la Vuelta se adentra en el Collau de Fancuaya, magnífico escenario donde vuelve a ganar el australiano Jay Vine, un tipo en forma que se dedicó al ciclismo indoor durante la pandemia. Y aquí gobierna Remco Evenepoel en modo Pogacar. Parece el mejor, el más entero, y asume esa hegemonía sin ningún problema salvo dar gas y mirar al futuro. A su vagón se subieron Enric Mas y Roglic, el trío que asoma en posición de disputar la general de la Vuelta.

Por las cuencas mineras el pelotón recuerda el vestigio de otro tiempo, los trabajadores que descendían a los pozos del carbón y convertían Asturias en un símbolo del pico y la pala. Por el valle de Turón y sus pozos clausurados por el paso del tiempo se monta la fuga que marca el día.

Se juntan piezas de nivel en una jornada prometedora. Marc Soler, estimulado por su éxito en Bilbao, Mikel Landa y su ofrenda de ‘landismo’ a todo o nada, el australiano Jay Vine, ciclista en plenitud veraniega que ya ganó en el Pico Jano, o el francés Thibaut Pinot, el corredor que odiaba los descensos y fue podio en el Tour.

Asturias encadena sensaciones a través de sus puertos mineros, La Mozqueta, Santo Emiliano, Tenebreo, Perlavia y sus casas de colores que evocan el carácter alegre de sus gentes. Por allí muestra su gobierno el Quick Step, un equipo de velocistas y clasicómanos que se ha distinguido en el ciclismo por no dejar pasar una oportunidad de ganar en cualquier situación y que en la Vuelta debe administrar su ambición en favor de la regularidad de su líder Evenepoel.

Por Grado, antesala de la Fancuaya, pasa el grupo de escapados con cuatro minutos y una sensación sólida. En la desviación a la izquierda hacia el final de etapa, Landa y su convoy tienen 3 minutos y 30 segundos.

Los días previos Landa había rebajado la euforia de cualquier atisbo de ‘landismo’, ese extraño movimiento romántico al que no le afectan los malos resultados sino el aroma de pureza que desprende su protagonista. «No me veo en condiciones para pelear por la Vuelta», decía pesimista y monosilábico el vitoriano.

El ‘landismo’ militante se frota las manos pensando en una estrategia de distracción, en sus presuntas palabras huecas, pero no. Landa vuelve a la decepción. Se queda a seis kilómetros de la meta, en las rampas del 18% cuando Jay Vine acelera y mide a sus enemigos.

El puerto es soberbio y la atmósfera magnífica. Para añadir narrativa costumbrista al momento la niebla se espesa en meta y TVE pierde la señal. Hay que imaginar la subida, como en los años 30 sin televisión y sin medios para saber si lo que contaban los protagonistas era realidad o ficción.

Cuando los cables de la tele conectan de nuevo, se aclara el panorama. Una visión. Jay Vine vuelve a condensar la clase en ese pedaleo de molinillo, ligero como un colibrí. Y unos metros atrás, Remco Evenepoel ejerce de patrón con la insolencia de sus 22 años.

«Nos dedicamos a las clásicas, pero tengo un gran equipo para la general», describe el líder de la Vuelta. Ya han cedido sus compañeros, se marchó el campeón del mundo Alaphilippe, y Evenepoel asume los galones. No duda. Mira al frente con la determinación de un búfalo ante su objetivo y no para. No pide relevos. Manda él.

A su espalda se vuelve a grapar Enric Mas, una gran noticia para él mismo y sobre todo para su equipo, que lo fía todo en esta Vuelta a una potente clasificación del mallorquín para sus planes de permanencia. Es una lapa el español.

Se han invertido los poderes y Roglic es ahora el tercero en el tren. En el Pico Jano sufrió el estreno de la montaña, pero en la Fancuaya asoma la roca de siempre. Eso sí, al ritmo de Evenepoel, que se muestra como un líder caliente. Cuando llega el trío a meta, no admite que Enric Mas acelere para atrapar unos segundos. Lo fija y lo rebasa. Autoritario, seguro.

Los españoles siguen al alza. Carlos Rodríguez, el campeón de España, corona una ascensión sobresaliente y se eleva al cuarto puesto en la general. Marc Soler remonta y tiene a tiro a Jay Vine. Juan Ayuso cede unos segundos, pero no se descompone, sexto en la general. Una Vuelta que permite aventurar otro horizonte esperanzador.

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