Gonzalo Díaz Recasens: «En La Palmera se roza el desprecio por un patrimonio que compartimos todos»

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—O sea, que usted suscribiría el grito de ‘menos asfalto y más albero’ o me equivoco.

—Completamente. Lo suscribo.

—Hasta el curso pasado usted fue profesor de Urbanismo en la Escuela de Arquitectura. ¿Dígame el mensaje principal que intentó transmitir a sus alumnos?

—Estudiar con precisión la historia para darle respuestas a los problemas de nuestra ciudad. Que son: el efecto isla de calor y las dificultades de la ciudad peatonal.

—¿Una ciudad sostenible, verde y habitable es muy cara?

—No, no, al revés. Como todo lo bueno, a la larga es más económica y saludable.

—Por ejemplo, asfaltar siempre es más barato que cuidar de jardines, parques y fuentes. Y la ciudad es el presupuesto, no la ideología.

—Usted lo ha dicho. La ciudad es el presupuesto, no la ideología. Me fastidia que se estigmaticen estos temas, es una cuestión transversal que nos afectan a todos, más allá de las ideas.

—Lo que no acabo de entender de todo esto es que la izquierda, en general, siempre ostentó la bandera de la ciudad habitable y sostenible, pero la realidad es que se empeña cada vez más en dejarlo en puro relato…

—Son problemas que nos atañen a todos y todos los partidos deberían tenerlo en su agenda si quieren resolver los problemas de la ciudad.

—En Sevilla tenemos varios ejemplos que me gustaría tocar. El primero, la amenaza de destrucción de la arboleda del barrio de Tablada, decretada desde el Ministerio de Defensa.

—Es uno de los problemas más serios y graves que tiene la ciudad y que ha contado con el rechazo unánime de todos los vecinos del barrio. No estoy nada tranquilo con su resolución visto lo visto en San Francisco Javier y el trazado del metro y otras actuaciones en la ciudad. No parece que vayan a replantearse la tala…

—El otro ejemplo es la avenida de La Palmera, emblema del urbanismo de la ciudad jardín de los años veinte del pasado siglo, donde se han aprovechado varias grietas del PGOU para que se cuele la especulación.

—El concepto de ciudad jardín no ha sido entendido en toda su naturaleza y como idea de ciudad no se ha valorado en su complejidad. Yo creo que requiere una revisión profunda para adaptarlo a las condiciones específicas de nuestro clima y territorio. No se trata de imitar las afueras de Londres, sino de entenderlo y ligarlo a nuestra singularidad constructiva.

—¿Puede ser más concreto?

—En la Sevilla medieval, entre la isla de la Cartuja y la Alameda existían huertas, almunias y edificaciones que, bien interpretadas, posteriormente por órdenes y conventos, la asumieron como estructura urbana. Ese es para mí el modelo de ciudad jardín que deberíamos buscar.

—Además de la durísima ruptura del tono arquitectónico de La Palmera, se han devastados joyas de la jardinería…

—En el Plan de La Palmera se debería de haber protegido los jardines, los espacios libres, no dejarlos tan desprotegidos. Creo que se han perdido especies valiosas. Recuerdo los cedros de la parcela del número 38.

—No me lo tenga en cuenta, pero hay veces que, por desvarío, pienso que lo que ocurre en La Palmera roza el resentimiento clasista…

—(Risas) Yo creo que lo que roza es el desprecio por un patrimonio que compartimos todos.

Menos vandalismo

Tienen en el Alcázar el ejemplo vivo de lo que entiende por un urbanismo humano. Es su rincón preferido, donde suele pasear y pensar. Lo que más le gusta de la ciudad es que aún no ha perdido su capacidad de comunicación y lo que menos, el vandalismo que la destroza. En estos momentos está trabajando con el grupo HUM1050 investigando el espacio público del cauce del Guadalmedina.

Te habla con cierta melancolía al comprobar cómo restauraciones en las que ha intervenido, El recreo de Castilla en Priego de Córdoba y el Castillo de la Reina en Badajoz, sufren los efectos del vandalismo. De su padre aprendió una máxima: ahondar en la historia para resolver los problemas actuales.

—Hemos asistido durante todo el pasado mes de agosto a la tala anunciado de un árbol simbólico en el barrio de Triana. ¿Tan difícil era armonizar el interés patrimonial, el botánico y la seguridad de los viandantes en este asunto?

—La situación era complicada. Pero creo que hay soluciones que pueden resolver de manera menos drástica el problema.

—Lo del ficus ha servido para cierta toma de conciencia ciudadana, pero la ciudad ha perdido más de cuatro mil árboles…

— Una ciudad se comienza por su arbolado, luego se trazan los caminos y por último las casas. Y no al contrario.

—Pero no es generalizado el conocimiento de que un barrio bien dotado de masa arbórea tiene dos o tres grados menos que el que vive sobre el asfalto.

—Efectivamente es así. La hoja del árbol se mantiene a 28 grados lo mismo que la humana a 36. Salirnos de ese baremo significa que el calor nos llegará directamente y lo sufriremos.

—Usted aspiraba a hacer realidad lo que vivieron sus padres: llegar bajo sombras arbóreas desde un punto a otro de la ciudad. ¿Tal posibilidad se ha convertido en un mito?

—Parece más lejos que nunca. Como decíamos al principio, hay que liberar el suelo de la ciudad del asfalto.

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