‘Vista de Toledo con San Juan de los Reyes’, de Aureliano de Beruete

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En nuestras investigaciones sobre el turismo de la ciudad ya hemos demostrado que el paisaje es el segundo elemento de atracción de Toledo, sólo superado por la catedral, lo que evidencia su potencial turístico, además de su valor identitario, y que tampoco resulta excepcional en otras muchas ciudades. Sin embargo, los actores económicos y políticos toledanos no han sido capaces de aprovechar las múltiples oportunidades que ofrecen nuestros paisajes, limitándose a la panorámica de Toledo desde el Valle, desde el sur, ignorando las vistas también excepcionales y únicas desde la Vega Baja y La Peraleda y siempre desde un modelo turístico repetitivo para un consumo banalizado, superficial y rápido de la cultura. Por eso el empeño de comunicar, por lo menos, a sectores de la opinión publica sensibles a la cultura e inclinados a la emoción con la estética de los lugares, otras vistas de la ciudad pintadas por artistas que han sabido ponerlos ante nuestra mirada desde su propia formación e interpretación, en distintos momentos de la historia del arte y desde diferentes corrientes estilísticas. A su vez, todas esas vistas y paisajes pintados manifiestan las razones por las que nuestra ciudad fue declarada por el Estado en 1940 ‘Monumento Histórico Artístico’ y por la UNESCO ‘Patrimonio de la Humanidad’ en 1986.

En esta ocasión, dedicamos la atención a la ‘Vista de Toledo con San Juan de los Reyes’, de Aureliano de Beruete y Moret (1845-1912), uno de los paisajistas españoles de mayor renombre y con más obra sobre la ciudad, 120 cuadros del total de 660 mostrados en la Exposición organizada en 1912 por su amigo, Joaquín Sorolla, como homenaje tras su muerte. Durante años, Beruete venía con su mujer a pintar a Toledo en octubre, instalándose en el Gran Hotel Castilla desde su apertura en 1892. En nuestra ciudad, mantuvo especial amistad con Ricardo Arredondo (1850-1911), miembro de la Comisión de Monumentos y Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de Toledo, con el que salía a menudo a pintar en unos mismos lugares, como señala Lafuente Ferrari.

Por otro lado, Aureliano de Beruete, junto con el Marqués de la Vega-Inclán, comisario regio del Patronato de Turismo y creador de la Casa del Greco, destaca entre los difusores de la imagen culta de Toledo, sin olvidar a Francisco Giner de los Ríos, Benito Pérez Galdós, Azorín, Bartolomé Cossio, Maurice Barrès o Blasco Ibáñez. Todos ellos, como antes G. Pérez Villaamil o David Roberts desde otra óptica cultural, contribuyeron a difundir los monumentos y paisajes de la ciudad y sus atractivos como destino turístico y símbolo existencial de Castilla y España.

El cuadro corresponde a una panorámica de la ciudad y una vista parcial de la Vega Baja desde la orilla izquierda del río, desde Polvorines y desde un punto de vista próximo a las aguas, lo que obliga a levantar la mirada hacia la ciudad y el cielo. Es un pequeño lienzo de 50 X 89,5 cm, como la mayoría de los de este artista, realizado en 1895 y donado por su esposa, María Teresa Moret y Remisa, de ilustre familia de la burguesía madrileña, al Museo Arqueológico de Toledo en 1923, antecedente del de Santa Cruz, y no a otra localidad por la especial vinculación del artista con nuestra ciudad. El lienzo fue una de las obras significativas del Museo de Arte Contemporáneo de Toledo, en la casa de las Bulas o de las Cadenas, creado por decreto de 18 de noviembre de 1973 por el Director General de Bellas Artes del momento, Florentino Pérez de Embid, como filial del Museo de Santa Cruz, y clausurado lamentablemente en 2001, con notable pérdida para los recursos patrimoniales de la ciudad.

Con pinceladas rápidas y colores claros, muy propios del pintor, y una luz otoñal, la mirada del espectador se ve atraída por las aguas del río y el cielo, que ocupan gran parte del cuadro. Los brillos del agua y los reflejos en ella de los tonos verdes y verdosos de la frondosa vegetación de ribera dan sensación de movimiento y de captación del instante bajo una intensa luz de últimas horas de la mañana o primeras de la tarde por la iluminación de los árboles y de la fachada monumental. A su vez, las nubes grises y blancas, cúmulo-nimbos, recortándose en el azul de cielo, acentúan la sensación de movimiento detenido en el tiempo que preside la obra y que se inspira en Velázquez, su pintor más admirado y al que dedicó una monografía. No obstante, el tratamiento de la luz y de la naturaleza también recoge influencias de la escuela paisajística de Barbizon, a cuyos pintores conoció Beruete en Francia por mediación de su amigo Martín Rico y Ortega, otro de los grandes pintores de paisaje. Aquí, la imagen es tratada como una instantánea fotográfica, en la que se congelan el curso del río y las nubes en su avance hacia el espectador, como el giro de la rueca de las Hilanderas de Velázquez o la expresión de las figuras de la Fragua de Vulcano, en el Museo del Prado, también de Velázquez, sorprendidos cuando Vulcano conoce por Apolo el engaño amoroso que está sufriendo de su mujer, Venus, con el dios Marte.

A su vez, en la Vista de Toledo, la vegetación recuerda descripciones literarias, como la de Ismael El Imad-Ab-Din-Al-Ayubi en su Geografía en el siglo XIII: «Toledo está rodeada de arboleda por todas partes, y parece convertirse en flor de granado».

En todo caso, Beruete nos ofrece un paisaje armónico, en el que naturaleza y arquitectura se complementan a través de tres planos: el primero, la parte inferior y próxima al espectador, corresponde a la lámina del río y a su ribera, con una frondosa vegetación y distintas especies de árboles: chopos, álamos, olmos y sauces; en la orilla, tres mujeres, de pequeño tamaño junto a una barca, y otra figura más lejos, humanizan anecdóticamente la escena, puesto que lo que importa es el conjunto, con una carga estética y de amor a la naturaleza identificada con el Krausismo y la Institución libre de Enseñanza a la que Aureliano de Beruete estuvo muy vinculado. El protagonismo de los árboles recoge también lo aprendido de su maestro, Carlos de Haes, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y el interés por la naturaleza procedente de la Ilustración, sobre todo, de Rousseau, de Alexander von Humboldt y de los geógrafos, entre ellos Élisée Reclus y Vidal de la Bracho. Con referencia a Humboldt, habría que recordar sus reflexiones sobre la pintura de paisaje en el tomo segundo de ‘Cosmos’, en el capítulo: ‘Influencia de la pintura de países en el estudio de la naturaleza’. Por último, en este mismo plano, se distingue, entre la espesura de la vegetación, una de las casas de campo que explotaban las huertas cercanas al río, cartografiadas en la primera edición de la hoja de Toledo del mapa topográfico nacional a escala 1:50.000 del IGN, de 1882.

‘Vista de Toledo con San Juan de los Reyes’, por Aureliano de Beruete, 1895. Fondos ocultos o dispersos del Museo de Santa Cruz y, durante años, una de las obras significativas del desparecido Museo de Arte Contemporáneo de Toledo.

El segundo plano está formado por el frente de falla, de fuerte pendiente, sobre el que se levanta la ciudad, bordeada por la muralla y descendente hacia la derecha, hacía el rio, el Baño de la Cava y el puente de San Martín, no incluidos en la obra. A la izquierda, se reconoce la muralla del arrabal de Santiago, con las torres de la puerta de Bisagra y la iglesia de Santiago. Desde allí se perfila el paseo de Merchán o de la Vega, configurado en el XIX como lugar de paseo, al modo de las alamedas del urbanismo higienista de la época. A su vez, el frente de falla se cubre de matorrales y formaciones herbáceas, y se hace más descarnado hacía su derecha, con afloraciones de granitos y gneis. El camino descendente desde el Cambrón hacia la Vega para dirigirse al oeste, hacia Ávila, pasada la Fábrica de Armas, contribuye la profundidad del cuadro. Desde la Puerta de Bisagra a la del Cambrón corre el camino de ronda (Paseo de Recaredo) y arranca la vía hacia Madrid.

El tercer plano, la silueta urbana recortándose sobre el azul del cielo, concentra la carga emocional que Toledo tenía para el krausismo y la Generación del 98: síntesis de la historia de Castilla y de España. A los elementos geológicos del emplazamiento, se añade la evocación del pasado a través de sus monumentos. La fachada monumental recuerda también las vistas de Wyngaerde, de 1563, y del Greco, de entre 1610-1614, con San Juan de los Reyes como principal hito paisajístico, la iglesia encargada por la Reina Isabel a Juan Guas en 1477 como panteón real y templo votivo en conmemoración de la batalla de Toro. Detrás se adivina la Escuela de Artes y Oficios Artísticos, levantada en 1882 por Arturo Mélida sobre lo que fue el segundo claustro de San Juan de los Reyes, destruido por la francesada en 1808.

Hacia la izquierda, la puerta renacentista del Cambrón responde a una intervención de 1576 sobre la anterior puerta de Judíos; siguen visualmente el convento de las Carmelitas Descalzas y el hospital de dementes, el Nuncio Nuevo, proyectado por Ignacio Haan entre 1789 y 1790, en tiempos del Cardenal Lorenzana, ahora Consejería de Economía y Hacienda. A continuación, las ruinas del palacio de Diego de Vargas y el hueco del convento de Santa Catalina que se utilizaría para la Diputación Provincial. Todas esas construcciones, como los conventos de Santo Domingo el Real y de Carmelitas, se levantan en lo que fue adarve de la muralla visigoda de Wamba. Al pie del escarpe de falla, en el extremo izquierdo, la muralla del arrabal de Santiago con la Puerta Vieja de Bisagra o de Alfonso VI y la Puerta Nueva de Bisagra, y recortándose en el horizonte, El Alcázar y San Ildefonso. En todo caso, edificios alusivos a los poderes del Antiguo Régimen: la Monarquía, la Iglesia, la Nobleza y el Ayuntamiento, responsable este último del control de las puertas y de los peajes (portazgo).

La combinación naturaleza e historia nos ofrece un paisaje relativamente bien conservado, 127 años después de ser pintado, que es parte de la identidad colectiva de la ciudad y que el turismo de masas ignora, con símbolos que desbordan lo local para representar valores nacionales y universales, en un ambiente de ensoñación y melancolía. Por eso este cuadro, como otros de Beruete y de los pintores del momento, participó de los esfuerzos para crear un paisaje nacional desde la pintura, como se hizo en Francia y en otras naciones, con justificaciones ideológicas presentes en Turner y Constable en Inglaterra, en la escuela de Barbizón en Francia, en Estados Unidos, de manera especial, con Frederick Edwin Church y la escuela del río Hudson, y en México con José María Velasco y Gómez-Obregón.

Por último, sería deseable que el comentario de este cuadro sirviera para sacarlo del ostracismo, de los fondos de almacén o de ubicaciones ignoradas, como tantas otras obras que formaron parte de los fondos del Museo de Arte Contemporáneo y que una política comprometida con la cultura debería de recuperar, desde luego, todo menos tenerlas guardadas en almacenes y dispersas, despreciando su calidad artística y hurtándolas al disfrute de los toledanos. No debería ser, pues, descabellado esperar que los distintos grupos políticos de la ciudad y de la región desplegaran sensibilidad e imaginación para incluir dentro de sus programas electorales la recuperación del Museo de Arte Contemporáneo que Toledo tuvo en el pasado, con obras de artistas de talla universal e identificados por razones específicas con la ciudad. Lo mismo que sería deseable que los valores medioambientales, patrimoniales y paisajísticos de la ciudad, ya legalmente protegidos y tan magníficamente plasmados en este y otros lienzos, pasaran a formar parte de los programas electorales, de acuerdo, además, con las exigencias internacionales de la Agencia Urbana, de la UE y del Estado español para su conservación y mejora desde criterios de sostenibilidad, responsabilidad social y adaptación al cambio climático.

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